lunes, 8 de abril de 2019

Capítulo 2. "A la caza de un hombre en Nueva Orleans" (Segunda Sesión)

Los investigadores, tras los sucesos del teatro Knickerboker, tenían preguntas sin respuesta. Y alguien, repentinamente, se ofrecía a responder todas (o eso parecía) sus preguntas... pero había que ir a Nueva Orleans para obtenerlas. La ciudad del Jazz y la Media Luna...


Los investigadores decidieron ir en tren. Llegaron tras un viaje de tres días a Nueva Orleans, parando en Boston pero sin descender a la bella ciudad de John Wakefield... Una vez en NO, toparon con una ciudad alegre que estaba en plena vorágine del Carnaval y preparaciones del Mardi Gras. En la estación toparon con un par de polis que, pensaron, estaban de parte de la ley. Luego de lograr habitación en el carísimo hotel Congo (como unos huéspedes que parecían japoneses), se marcharon al edificio Hibernia, el único rascacielos de la ciudad.

Allí estaba la oficina de correos y telégrafos desde donde les enviaran el telegrama. Mientras preguntaban a una empleada por Bellamy Burton, se toparon con un tipo llamado Alex Delarge que les ofreció alojarse en la calle Gallatin, en "una pensión muy coqueta". Aceptaron la tarjeta con la dirección y alquilaron un coche, tras buscar en la guía local a algún Burton, encontrando únicamente a una tal Angélica. Su tocaya pensó que sería su hermana o esposa, y marcharon en coche a la plantación de los Burton. No sin antes notar cómo Delarge llamaba a alguien y tomaba lo que a todas luces parecía la matrícula de su Ford alquilado...

Decidieron abandonar el coche cerca del lago Portchartrain y tomar un taxi, y con él llegar a la plantación. Allí, otro vehículo parado arrancó nada más llegar ellos...

Plantación descuidada de los Burton

Pasaron la verja oxidada, contemplando los enormes árboles que hacían dominio de un terreno protegido por una valla sucia y que necesitaba pintura, y entraron en el jardín descuidado de los Burton. Césped sin cortar, árboles sin podar, una fuente que ya no echaba agua, una pajarera abandonada... la fachada neobarroca se encontraba desconchada y necesitada de pintura. Un negro, "Chef" Miloú, les recibió volviendo del campo, y avisó a la señorita Burton. Allí, en el porche, les abrió una bellísima mujer, de unos 45 años, lánguida, alta, las piernas largas y preciosas, fumando. Vestía un ligero vestido estampado en flores, azul oscuro, y un maquillaje que realzaba su belleza, además de un buen peinado. Les invitó desganada a tomar un té con pastas, mientras les comentaba con toda calma, que "Bíbí", Bellamy Burton, había desaparecido.

Bellamy Burton, "BíBí" para los amigos (foto que ningún investigador pidió pero oye... había una en una mesa...)
Les habló de él, de su trabajo periodístico, de su viaje a México en 1916 y cómo había desaparecido hasta 1920 reclamando su trabajo en el Lousiana Courier. De su cojera, su relación con una mulata cantante de clubs de Jazz, Erika Thielmann, que había matado toda esperanza en Angélica de casarse con un partidazo como Jean Lafitte, un prohombre.Y quejándose de su soltería y de unos extraños perros que le acechaban de noche (cuyas garras posteriormente descubrieron en la fachada... a alturas interesantes de las ventanas) les permitió revisar la habitación que ocupaba en sus escasas estancias su hermano, tras darse cuenta los investigadores de que no habían pedido ir a verla. Allí tuvieron otra sorpresa.

La austera habitación, tan dejada como el resto de la casa, tenía entre dos muros un boquete amplio, con restos de un símbolo tallado en el centro del boquete. Dentro, entre los dos muros, un hatillo de ropa, una especie de sotana o túnica oscura con capucha, y tres símbolos que hicieron temblar un tanto de extrañeza a los personajes.

Medallón de la EOD


Medallón Símbolo Arcano
Medallón Iglesia Sabiduría Estelar

Además de los símbolos, se encontraron un par de entrevistas viejas de BB a Jean Lafitte y al Inspector de policía Legrasse, que inquietaron a los investigadores mientras leían, junto a una arrugada tarjeta de visita de un tal Alberto del Río, librero, y un informe psiquiátrico algo delirante.

La plantación no ofreció más información. Una lánguida y distante Angelica Burton les dejó marchar, acompañándoles a la puerta.







De vuelta a NO, no sin antes ponerse nerviosos al ver pasar un coche que conducía una abuela encantadora y petardeaba de viejo, decidieron tomar el camino de la calle Gallatin, donde vivía Erika Thielmann. O eso creían.

Allí, una vieja casa francesa con patio y balconadas, alojaba a una colección de mujeres de la vida, criollas, mulatas, blancas, mancas, y sus chulos, jaques navajeros de sombrero calado y armas a mano. En el apartamento de Erika, al que sólo subió Jamie, no había nadie. Dentro, vigilaba sentado en una puerta un hombre de aspecto europeo y militar que dijo llamarse "El Kaiser", por su aspecto prusiano. Dijo no saber dónde estaba Erika, y tras conocer la localización de nuestros investigadores, sonrió, dejándole marchar. Fue una visita infructuosa.

Casa típica del barrio francés...


Después de eso, hicieron otra visita al periódico donde trabajaba Michel Durand, periodista y compañero de BB, quien les contó poco del contenido de la caja, aunque les proporcionó una carta muy reveladora que les puso en la pista del padre Sebastian Dugás, de la Catedral de San Luis, cerca del ayuntamiento. Cuando le dejaron marchar, en la lluvia (y con el temor a que les alcanzara algún rayo...), vieron un coche que les seguía con varios matones que, supieron, trabajaban para un tal Johnny Royale, conocido de la fiesta que Dorian dió por el preesteno de su obra. Antes de caer en una balacera, apareció un tipo, un tal Claude Picard que dijo ser el enlace de Bellamy Burton en el barrio negro de Rampart. Les pareció sospechoso, pero no hubo muertos. Y tenían mucha información.

Volvieron al hotel Congo, donde cenaron, vieron a los japoneses con una maleta-estuche larga y tuvieron un encuentro incómodo con ellos. Se fueron los orientales y decidieron seguirles tras los postres. Los tipos fueron a un restaurante... "Restaurante Loto Blanco, de Liu Le".

Era de noche, llovía y estaban cansados. Sin embargo, Björn y Jamie entraron. Pidieron mesa, cerca de los japoneses. Y les ofrecieron, unos orientales que tenían aspecto rufianesco (un camarero de oreja cortada, un cocinero con cuchillos algo repugnante que les sonaba por aspecto al oriental del teatro Knickerboker...) cerdo blanco para cenar. Aceptaron, y mientras intentaban sonsacar algo a los japoneses, se montó... Jamie trató de entrar a la cocina cuando justo empezaba un espectáculo de marionetas, las luces se relajaban y decenas de mariposas encerradas en jaulas de papel revoloteaban. Pero las mariposas resultaron ser...


Los Chialik o mariposas del restaurante, en su momento de esplendor...

Jamie pereció succionado, quedando gris, sin vida, inerte. Björn se marchó del restaurante sin conocer su fatídico destino, y fuera, lo comentó a Walter José y Erica. Cuando Walter José trató de seguir a Jamie al interior del restaurante, también fue atacado y quedó a punto de morir. El asustado Björn, dejando a Angélica en un taxi en marcha, entró, heroicamente, y sacó a un desmayado Walter José, metiéndole en el taxi y huyendo a toda prisa a un hospital...

Ahí podría haber terminado todo. Jamie desaparecido, Walter José al borde de la muerte... Pero soñaron...

Llegó la noche. La medianoche. Los investigadores sufrían cuando... se abrió El Mundo de los Sueños.



Allí volvían a estar, frente a La Ramera y sus cajas. Les volvió a ofrecer un trato. Tras mucha vacilación, Björn aceptó entregar las cinco uñas de su mano izquierda (todas...) a la Ramera, que por cierto seguía con ganas de que la invitaran a ir a la Tierra. Y respondió con una información capital.

"Al que buscáis lo encontraréis debajo de la casa de Angélica. Sin embargo..."

Siguiente sesión, aún en Nueva Orleans, ciudad del Jazz...

martes, 19 de marzo de 2019

Capítulo 1. "El teatro de las maravillas". (Segunda sesión)

Tras un despertar doloroso, la hermana Angélica y el resto de investigadores charlaron con Johnny Jameson, quien acababa de terminar un caso y se unía a la investigación de sus amigos. Primero, revisaron la prensa, encontrando una noticia perturbadora sobre James Wakefield III. El profesor de literatura bostoniano y su mujer habían sufrido un accidente en Central Park, paseando a caballo. Ella estaba muerta y, él, paralítico. Dudando qué hacer, acabaron por tomar la decisión de ir al hospital a ver al profesor Wakefield.

La secretaria de la clínica Sant Mary's, un edificio señorial apartado en el interior Nueva Jersey (no, no estaba cerca de fiordos :P ) acogió a los investigadores y a la pobre Angélica, a quien envió con un dentista muy profesional que fumaba puros.
La clínica, lugar de reposo y humo de tabaco...

Tras conocer dónde reposaba el accidentado profesor, fueron de inmediato a la habitación para encontrarla... vacía. Desde la ventana, pudieron ver cómo metían en una ambulancia de color blanco y azul dos camillas, una con una mortaja negra y otra con lo que parecía ser el profesor Wakefield. Los escoltaba un hombre vestido de negro, traje y sombrero, al que apenas pudieron ver desde la distancia. Y aunque corrieron y persiguieron a la ambulancia (tras arrancar mal y tarde el coche de Walter José, tras un disparo fallido a las ruedas...) perdieron su pista en un cruce de caminos. Dudando, decidieron volver al hospital para recabar más información y de paso mentir sobre el disparo ("una rueda que habrá pinchado...")

Del hombre de negro sólo supieron que no parecía ni muy alto ni muy bajo, ni muy joven ni muy viejo, ni atractivo ni repugnante, ni... Vamos, que nada. La recepcionista sí pensó en algo de sus ojos, pero sin recordar nada, y aunque revisaron el libro de registro, la firma no ayudaba nada. Y aunque la única pista que había era un ramo de flores, este venía de.. Dorian.

Red Hook, llena de inmigrantes y edificios propicios para la gentrificación
Volvieron a Nueva York. Allí, con ánimo, fueron a visitar al guardia de Central Park que los había encontrado, Tim Robber, que vivía en el barrio de Red Hook. Tras una generosa propina a los muchachos que allí rondaban (y veremos que MUY generosa...) subieron a la casa del guardia. Un piso sucio y maloliente, desordenado y lleno de ratas donde les recibió y poco pudo contar, aparte de lo que ya sabían. Que habían sufrido una caída, muriendo la mujer ahogada. Aunque también supieron que por la zona habían tenido otros sucesos, al parecer, de alguna muchacha (o dos) que se dedicaban a asaltar a transeúntes...

Comprobaron que el coche estaba en su sitio (lógico) y tras contratar a García y López, se fueron a la casa de Walter José, a pensar... Y leer periódicos y todo tipo de libros que pudieran hallar sobre su amiga del sueño anterior, La Ramera. La lectura de periódicos fue fructífera, pero no así los libros, donde hallaron folklore y mito muy repartido al respecto. 


Mucha pasta gastan los investigadores...

Por la noche, dedicaron otro rato a intentar allanar la casa de Dorian, pero la policía del barrio lo impidió. Algo que les condujo, sin más ni más, al teatro Knickerbocker, donde seguían los ensayos. Y allí, mientras entraban, se toparon con un tipo oriental muy bajito y su mascota. Un tal Ku Ig-gom...

Ku, aquí con machete en mano, pero no lo llegó a sacar...

 Hablaron con él, y les sugirió un plan. Ayudarle a retirar los pañuelos amarillos que daría Dorian el día del estreno, pues con ellos se "marcaba" a las víctimas de... algo. Accedieron, y aunque se colaron en el teatro luego (Jameson) poco supieron aparte de que los hermanos Ezequiel y Abijah (¿O eran primos? En Innsmouth, los parentescos son muy complicados...) querían preparar algo. Y algo prepararon, saliendo con escopetas en un coche que, de nuevo, no lograron perseguir (muy lentos). También toparon con el brasileño tatuado Oscar Menhino, quien conocieran de la fiesta de Dorian, y que quería encontrar, por lo que coligieron, una daga. Y, con algo de suerte, lograron hacer salir a Dorian, exhausto, para tomar un café con él, y hablar. Y habló...

Les habló de su amistad con James Wakefield, su pertenencia al llamado "Círculo de Atenas" donde pasaron muchos compañeros y amigos durante su estancia en Boston, artistas todos. Jerome Grayson, Freddy LaPier, Louis Benson, Saud Ben Mürad, los hermanos Kaplan, Meredith y Walter, Elaine Sandhurst, Fernando Pascua, Kato Sende, John Whyndam Fillmore III, Anna Konteke... Dispersos, de muchos rincones del mundo (California, Francia, NO, Egipto, EEUU, Gran Bretaña, Gales, Filipinas, Japón, Sudáfrica...) y que ya no tenían mucho contacto entre sí. 

Sin más, volvieron a la casa de Walter José, centro de operaciones, y dedicaron el tiempo a planear la velada del estreno, antes de dormir.

El día siguiente amaneció sin pesadillas. Era el viernes del estreno. Organizaron todo como pudieron, aunque antes la prensa relató un incendio en Brooklyn donde habían muerto, al menos, dos mujeres. Eso no varió sus planes. Se armaron, compraron etanol y líquidos inflamables y, tras un buen rato de preparación, fueron al teatro.

La gran sala, a punto de recibir al público de "Lo que Océano trae"
Entraron, trataron de localizar los pañuelos y quitárselos a Dorian, pero fue imposible. Y percibieron que más de 50 personas ya los tenían... Jameson robó al menos 5, sin seguir las indicaciones de Ku ("Hacedlo cuando suene la música, la reconoceréis...") y... comenzó la obra.

Dorian declamaba. La gente bostezaba. Los personajes, incómdos, miraban a su alrededor. Y algo sucedió. La música cambió, Dorian quedó en suspenso junto a su mujer Martina, y el escenario, de pronto, cobró profundidad y oscuridad. Miles de estrellas titilaban en la bóveda del teatro y una misteriosa forma rocosa y nevada, coronada por un edificio exótico, se aproximó a los espectadores proporcionando una visión que podría considerarse demencial... un monje con túnica azafranada y velo amarillo, desde un torreón distante señaló con sus manos al patio de butacas mientras decenas de seres volantes iban hacia los espectadores. 

"No, lo siento, no soy su taxi ni su Uber"

De las profundidades de aquel horroroso lugar, una horda de seres repulsivos, con alas esqueléticas y horrendos hocicos de demonio, sarpullidos bulbosos y alas de plumas desgarradas, volaron para tomar con unos extraños zarcillos y en sus garras a algunos de los espectadores, llevándoselos hacia aquella extraña torre donde el monje invocaba con su canto un hechizo poderoso... Y después, el caos, el pandemonio, el horror. Trataron de impedirlo, López y García se enfrentaron a Ezequiel y Abijah, que parecían llevar unas máscaras de tentáculos, y Jameson y Bjorn, despiertos, también pegaron algunos tiros. Y recibieron daño, dolor que provenía de las manos del extraño monje de las distancias... Sufriendo, gritando, y matando, huyeron muchos despavoridos tras desaparecer tras el telón aquellas bestias, despertando de un sueño cósmico que les había dejado ajenos a la ¿realidad? Las puertas, cerradas con cadenas, fueron abiertas a tiros por Walter José, y salieron, evitando la confusión y la riada de espectadores que, a buen seguro, pedirían la devolución de su dinero...

Dos días pasaron, recobrándose de las heridas y descubriendo que habían estrenado la misma obra en San Francisco, sin mucho problema, al parecer. Y cuando los investigadores trataban de pensar cómo podrían encontrar a las muchas personas desaparecidas que les habían introducido en esta aventura, llegó un telegrama de un tal Bellamy Burton, instándoles a visitarle en Nueva Orleans...

lunes, 4 de febrero de 2019

Capítulo 1. "El teatro de las Maravillas" (Primera Sesión)

Era un día frío de invierno en Nueva York. Las frías hojas caídas alfombraban las aceras, afanando en su limpieza a los porteros de las lujosas casas que bordean Central Park. El ajetreo diario se veía reducido por las lluvias, y cientos de paraguas recorrían las calles, cobijando a sus ciudadanos atareados. Una mujer, Meredith, llegó a la casa de Walter José con noticias inesperadas que tenían que ver con varios amigos y algún empleador de los investigadores.



En Broadway, los investigadores protagonistas de esta historia se encontraron frente la fachada del Teatro Knickerbocker, tras una visita de Walter José a la casa de Mac Stephenson, padre de Meredith. Todos coincidían; sus amigos habían desaparecido y el último lugar al que habían ido era el teatro, a la premiere de "Lo que Océano trae", de Dorian Henssylett.

Martina Henssylett
Tras hablar con un pilluelo en la calle, Alex O'Mara, los tres fueron al teatro, en donde había un camión descargando cajas. Allí, un acomodador garrulo llamado Ezequiel les recibió y tras unas cuantas preguntas fueron a ver al Gerente, Jonathan Docter. Éste, amablemente, les invitó a unas bebidas que servía en la cafetería del teatro el portero habitual, Bill Mazzin. Walter José, Angelica y Björn charlaron un rato sobre el teatro, la obra y el dinero para financiarla, cuando de pronto escucharon una música intensa que venía del escenario, interrumpida por los gritos enfadados de su director, Maximilian Pferet. Raudos, caminaron entre las butacas del patio hacia el escenario, donde se encontraron con el ensayo de la obra. El danés Pferet, músico encargado de las piezas, discutía con el autor, Dorian Henssylett, en una escenografía de un barco de madera medio raído y un islote donde estaba su mujer, Martina, entre unas coristas rubias y morenas que sólo llevaban faldas hawaianas. Presenciaron la discusión y, luego, tras la tormentosa y muy artística presentación de Dorian, que les invitó al teatro y a su fiesta, empezaron a departir con algunos de los actores. Una de las coristas, Gina, fue hasta el taquiller
o con la chaqueta de Björn puesta (un detalle) acompañando a Walter José. Angélica descubrió a un carpintero, que dijeron se llamaba Peter von Mises, algo nervioso y que se marchó rápidamente entre bambalinas. Al seguirle, hasta una puerta cerrada, Angélica trabó conversación con un italiano encargado de la iluminación, Francis Mellionanzze, al que le gustaba ir al hipódromo y jugarse hasta el cuello de la camisa. Volvieron los tres investigadores al escenario y, en la parte posterior, decidieron investigar a von Mises. Bajaron a un sótano donde, entre cajas y tubos de ventilación o tuberías, algo pasó raudo a su lado, peludo, enorme y con muchas patas... El olor además era intenso, extraño, y allí vieron el camastro del carpintero, rodeado de sacos terreros y alambre de espino. Tras él, un cajón enorme del que, sorprendidos, oyeron voces. Abrieron dicho cajón y, entre heces y vasijas de comida y agua estropeadas, encontraron a una familia. Dick y Mona Bretten, junto a sus dos hijos. Justo en ese momento, von Mises volvía del retrete, confuso, extrañado. Walter José quiso evitar un escándalo y para ello logró convencer a la familia de Dakota para que se marcharan con casi 700$ y en silencio. El contable, Barlow, aceptó mirando de través en las oficinas, y de paso buscó la carta de recomendación que había permitido contratar a Ezequiel y Abijah como acomodadores, pero no la halló.
Peter von Mises, cuando era militar...

Dispuestos a marcharse, aún registraron un poco más el teatro, y en el camerino de Maximilian Pferet, donde estaba haciendo arreglos, encontraron ¡A una mujer! Escondida en la funda del inmenso chelo. Pferet aseguró no entender, ni saber, pero tras pagarle a la moza 60$, se marchó a su ciudad, en Springfield.








Maximilian Pferet, músico, secuestrador, un amigo
El registro no dió más de sí, y los investigadores probaron a encontrarse con von Mises en el hotel al que Walter José había intentado que fuera el carpintero, pero no apareció por ahí. Quizá la visión de la escopeta en las manos de Ezequiel le perturbó...

Percival Jeremiah , padre defraudado








Más tarde, acudieron al hotel Waldorf, para charlar con el padre de Dorian, previa búsqueda de sus empresas en el registro mercantil. Allí vieron la carta que un tal Liu Le había enviado junto a la fascinante suma de 75000$ para permitir que se representara la obra. El padre, Percival Jeremiah, casi deseó que su hijo fracasara...


Tras estas pistas, al día siguiente decidieron ir a la fiesta que daba Dorian, en la mansión Henssylett, En esa mansión, un bello edificio de ladrillo rojo frente a Central Park, se iba a desarrollar otra parte del drama. Allí se encontraron con varios personajes pintorescos:

Winston Macey




- Winston Macey, un tipo galés, de unos 50-55 años, bronceado y de profesión, ¿cazador ricachón? que charlaba amigablemente con el maduro profesor de literatura, el bostoniano James Wakefield, y su esposa.






 - James Wakefield, de unos 45-50 años, amigo de Dorian, y su distraída esposa, Laura. Barba cana, aspecto cansado, chaqueta con coderas y gafitas de lente redonda metálicas, todo el tiempo frotándose el muslo derecho...

Johnny Royale



- Johnny Royale, untoso, unos 30-35 años, de bigotito fino y que se pasó la noche ligando con las coristas. Un sureño de Nueva Orleans cálido y amable.








Un ruso sin nombre
- Un ruso de edad indefinible (¿O era un imitador?), vestido de uniforme zarista, entorchados, dragonas, medallas, sable y cara algo asiática, que no hablaba más que en ruso y una pizca de alemán y del que apenas sí lograron entender tres palabras ("Zvai... Sibir... Strugaski") y que se marchó con Macey.










 - Oscar Menhino Lopes, un brasileño tatutado y mayor, quizá en los 60, de pelo blanco, que estaba sólo, aislado en un rincón y fue echado en cuanto se acercó al libreto de "Lo que océano trae", exclamando en la calle un ""El Coro Negro no se olvida" y que intercambió tarjetas entre el frío con Walter José.

Aparte había gente del teatro, incluyendo a los dos gañanes acomodadores que ejercían de aparcacoches... La fiesta transcurrió con cierta calma, escuchando canciones de Erick Satie, interpretadas por Pferet. Entonces, justo cuando iban a buscar a Martina, apareció Dorian primero, vestido a la Eduardiana y marcando el paso al ritmo de una opereta de Gilbert y Sullivan.
Dorian, autor, intelectual arrebatado, plasta de libro.
Tras un incómodo encuentro de Angélica y Björn con Martina, acompañada de las dos coristas morenas (Betty y Susan) de estrecha relación y efluvios corporales intensos, ambos subieron a los pisos superiores y encontraron una biblioteca y un despacho desastrosos, desordenados, caóticos y sin mucho interés (en apariencia). Después fueron al dormitorio que... uff, olía a sexo salvaje, sucio y excesivo... después, en el piso de abajo, se desarrolló un extraño suceso que estalló en toda su plenitud cuando Betty se acercó a Walter José, que estaba dándole a su guitarra, y se lo llevó al baño,

Dorian interpretó algunos párrafos de su libreto, perturbando durante instantes a los investigadores y arrancando aplausus de la "brigada del canapé" formada por intelectuales palmeros:

“Dicen que 666 es el número de la bestia, pero eso es porque lo han visto desde las antípodas de la realidad, 999, y aquel que lo descubra, será el milenario que disloque las estrellas.

En las aguas tan profundas, ningún amor escapa, ni siquiera el sueño del mismo, pues aquel amor que fue y será, nunca dejará de soñar, y ni la muerte puede morir entre sus brazos.

Nadie puede contar los suspiros que lancé por ti, ni siquiera las aguas turbias del Océano que me devolvió tantas miradas enloquecidas.

Agita emociones desde simas insondables, excita sueños de locura y extrañas visiones de mundos que están más allá de nuestros sentidos. Él mece las olas que bañan nuestras costas, llevando en la sal y espuma a sus siervos. Su nombre es impronunciable, pues es anterior al hombre, anterior incluso a nuestro mundo.”

En esos momentos la fiesta empezó a perder fuelle, ya que el profesor Wakefield se marchó con su esposa Laura (¿O era Valentine?) aunque no sin antes vivir un episodio embarazoso cuando los investigadores ofrecieron sus servicios médicos al profesor, que marchó aduciendo que montaría pronto en Central Park con su mujer y debía descansar.

Cansados, los investigadores se fueron cada uno a su casa... y allí, soñaron.

Diremos poco del sueño, pues los sueños son eso. Pero conocieron a un nuevo actor, o actriz, en el drama. La Ramera... Tras ofrecer respuestas a sus preguntas a cambio de lo que ella pidiera, Angélica hizo una ofreciendo su muela. Y logró respuesta, sí. "Aquellos que buscáis no están en este lugar, ni tampoco en el vuestro, si no en otro lugar...". Después, despertó con la boca sanguinolenta y un hueco en las encías. el despertar fue amargo y doloroso, máxime porque el Ratoncito Pérez no había dejado ni un centavo...




Y tras ese sueño, la sesión terminó, a poco de que se estrene, en el teatro Knickerbocker, "Lo que océano trae".

Fin de la primera sesión.