martes, 19 de marzo de 2019

Capítulo 1. "El teatro de las maravillas". (Segunda sesión)

Tras un despertar doloroso, la hermana Angélica y el resto de investigadores charlaron con Johnny Jameson, quien acababa de terminar un caso y se unía a la investigación de sus amigos. Primero, revisaron la prensa, encontrando una noticia perturbadora sobre James Wakefield III. El profesor de literatura bostoniano y su mujer habían sufrido un accidente en Central Park, paseando a caballo. Ella estaba muerta y, él, paralítico. Dudando qué hacer, acabaron por tomar la decisión de ir al hospital a ver al profesor Wakefield.

La secretaria de la clínica Sant Mary's, un edificio señorial apartado en el interior Nueva Jersey (no, no estaba cerca de fiordos :P ) acogió a los investigadores y a la pobre Angélica, a quien envió con un dentista muy profesional que fumaba puros.
La clínica, lugar de reposo y humo de tabaco...

Tras conocer dónde reposaba el accidentado profesor, fueron de inmediato a la habitación para encontrarla... vacía. Desde la ventana, pudieron ver cómo metían en una ambulancia de color blanco y azul dos camillas, una con una mortaja negra y otra con lo que parecía ser el profesor Wakefield. Los escoltaba un hombre vestido de negro, traje y sombrero, al que apenas pudieron ver desde la distancia. Y aunque corrieron y persiguieron a la ambulancia (tras arrancar mal y tarde el coche de Walter José, tras un disparo fallido a las ruedas...) perdieron su pista en un cruce de caminos. Dudando, decidieron volver al hospital para recabar más información y de paso mentir sobre el disparo ("una rueda que habrá pinchado...")

Del hombre de negro sólo supieron que no parecía ni muy alto ni muy bajo, ni muy joven ni muy viejo, ni atractivo ni repugnante, ni... Vamos, que nada. La recepcionista sí pensó en algo de sus ojos, pero sin recordar nada, y aunque revisaron el libro de registro, la firma no ayudaba nada. Y aunque la única pista que había era un ramo de flores, este venía de.. Dorian.

Red Hook, llena de inmigrantes y edificios propicios para la gentrificación
Volvieron a Nueva York. Allí, con ánimo, fueron a visitar al guardia de Central Park que los había encontrado, Tim Robber, que vivía en el barrio de Red Hook. Tras una generosa propina a los muchachos que allí rondaban (y veremos que MUY generosa...) subieron a la casa del guardia. Un piso sucio y maloliente, desordenado y lleno de ratas donde les recibió y poco pudo contar, aparte de lo que ya sabían. Que habían sufrido una caída, muriendo la mujer ahogada. Aunque también supieron que por la zona habían tenido otros sucesos, al parecer, de alguna muchacha (o dos) que se dedicaban a asaltar a transeúntes...

Comprobaron que el coche estaba en su sitio (lógico) y tras contratar a García y López, se fueron a la casa de Walter José, a pensar... Y leer periódicos y todo tipo de libros que pudieran hallar sobre su amiga del sueño anterior, La Ramera. La lectura de periódicos fue fructífera, pero no así los libros, donde hallaron folklore y mito muy repartido al respecto. 


Mucha pasta gastan los investigadores...

Por la noche, dedicaron otro rato a intentar allanar la casa de Dorian, pero la policía del barrio lo impidió. Algo que les condujo, sin más ni más, al teatro Knickerbocker, donde seguían los ensayos. Y allí, mientras entraban, se toparon con un tipo oriental muy bajito y su mascota. Un tal Ku Ig-gom...

Ku, aquí con machete en mano, pero no lo llegó a sacar...

 Hablaron con él, y les sugirió un plan. Ayudarle a retirar los pañuelos amarillos que daría Dorian el día del estreno, pues con ellos se "marcaba" a las víctimas de... algo. Accedieron, y aunque se colaron en el teatro luego (Jameson) poco supieron aparte de que los hermanos Ezequiel y Abijah (¿O eran primos? En Innsmouth, los parentescos son muy complicados...) querían preparar algo. Y algo prepararon, saliendo con escopetas en un coche que, de nuevo, no lograron perseguir (muy lentos). También toparon con el brasileño tatuado Oscar Menhino, quien conocieran de la fiesta de Dorian, y que quería encontrar, por lo que coligieron, una daga. Y, con algo de suerte, lograron hacer salir a Dorian, exhausto, para tomar un café con él, y hablar. Y habló...

Les habló de su amistad con James Wakefield, su pertenencia al llamado "Círculo de Atenas" donde pasaron muchos compañeros y amigos durante su estancia en Boston, artistas todos. Jerome Grayson, Freddy LaPier, Louis Benson, Saud Ben Mürad, los hermanos Kaplan, Meredith y Walter, Elaine Sandhurst, Fernando Pascua, Kato Sende, John Whyndam Fillmore III, Anna Konteke... Dispersos, de muchos rincones del mundo (California, Francia, NO, Egipto, EEUU, Gran Bretaña, Gales, Filipinas, Japón, Sudáfrica...) y que ya no tenían mucho contacto entre sí. 

Sin más, volvieron a la casa de Walter José, centro de operaciones, y dedicaron el tiempo a planear la velada del estreno, antes de dormir.

El día siguiente amaneció sin pesadillas. Era el viernes del estreno. Organizaron todo como pudieron, aunque antes la prensa relató un incendio en Brooklyn donde habían muerto, al menos, dos mujeres. Eso no varió sus planes. Se armaron, compraron etanol y líquidos inflamables y, tras un buen rato de preparación, fueron al teatro.

La gran sala, a punto de recibir al público de "Lo que Océano trae"
Entraron, trataron de localizar los pañuelos y quitárselos a Dorian, pero fue imposible. Y percibieron que más de 50 personas ya los tenían... Jameson robó al menos 5, sin seguir las indicaciones de Ku ("Hacedlo cuando suene la música, la reconoceréis...") y... comenzó la obra.

Dorian declamaba. La gente bostezaba. Los personajes, incómdos, miraban a su alrededor. Y algo sucedió. La música cambió, Dorian quedó en suspenso junto a su mujer Martina, y el escenario, de pronto, cobró profundidad y oscuridad. Miles de estrellas titilaban en la bóveda del teatro y una misteriosa forma rocosa y nevada, coronada por un edificio exótico, se aproximó a los espectadores proporcionando una visión que podría considerarse demencial... un monje con túnica azafranada y velo amarillo, desde un torreón distante señaló con sus manos al patio de butacas mientras decenas de seres volantes iban hacia los espectadores. 

"No, lo siento, no soy su taxi ni su Uber"

De las profundidades de aquel horroroso lugar, una horda de seres repulsivos, con alas esqueléticas y horrendos hocicos de demonio, sarpullidos bulbosos y alas de plumas desgarradas, volaron para tomar con unos extraños zarcillos y en sus garras a algunos de los espectadores, llevándoselos hacia aquella extraña torre donde el monje invocaba con su canto un hechizo poderoso... Y después, el caos, el pandemonio, el horror. Trataron de impedirlo, López y García se enfrentaron a Ezequiel y Abijah, que parecían llevar unas máscaras de tentáculos, y Jameson y Bjorn, despiertos, también pegaron algunos tiros. Y recibieron daño, dolor que provenía de las manos del extraño monje de las distancias... Sufriendo, gritando, y matando, huyeron muchos despavoridos tras desaparecer tras el telón aquellas bestias, despertando de un sueño cósmico que les había dejado ajenos a la ¿realidad? Las puertas, cerradas con cadenas, fueron abiertas a tiros por Walter José, y salieron, evitando la confusión y la riada de espectadores que, a buen seguro, pedirían la devolución de su dinero...

Dos días pasaron, recobrándose de las heridas y descubriendo que habían estrenado la misma obra en San Francisco, sin mucho problema, al parecer. Y cuando los investigadores trataban de pensar cómo podrían encontrar a las muchas personas desaparecidas que les habían introducido en esta aventura, llegó un telegrama de un tal Bellamy Burton, instándoles a visitarle en Nueva Orleans...